Carta abierta a  cubanos en Costa Rica. Ernesto Morales

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Por Ernesto Morales.

Ustedes son miles y no estarán mucho más en una frontera semi inhóspita, sin derechos ni cafeteras ni internet. Me gustaría que esto le llegara al menos a uno solo de ustedes apenas pise esta, su nueva verdadera Patria. Los Estados Unidos. Este sitio en el mapa donde por primera vez en sus vidas sabrán cómo se siente tener derechos. Y créanme, sabe encojonao. Más que aquellos potajes de frijoles colorados de nuestras abuelas.

Les escribo porque ustedes, con sus mochilas y sus historias novelables, tendrán sus cinco minutos de gloria, cada uno, apenas pisen Norteamérica. Serán perseguidos por las cámaras y los periódicos, sus anécdotas serán exprimidas hasta que suelten todo el jugo de la tragedia o la travesía o la cumbancha. Sé de lo que les hablo, créanme. De eso he vivido cinco años.

Entremos en calor: los que se declaren emigrantes económicos colóquense aquí, en esta fila, a este costado, que con ustedes es que tengo un par de cositas que conversar, muchachones.



Porque proclamarse emigrantes económicos es una patada en el hígado a todos y cada uno de nosotros, los que vivimos en esta sociedad, y que empezaremos desde el día uno a pagar sus ayudas de food stamps y seguros de salud con esas mutilaciones a nuestros cheques llamadas impuestos. Cuiden muy bien de llamarles gratuitas a esas ayudas. Esa palabra le es más ajena al capitalismo que libertad al comunismo, a ver si nos entendemos. Alguien pagará sus ayudas. Ese alguien se llama, en inglés, taxpayer.

Y como yo soy uno de esos taxpayers, o contribuyentes, me siento en el derecho de susurrarles al oído que sean merecedores de tanta atención de esta comunidad. Una comunidad que lleva días, semanas, al tanto de sus desgracias, rezando por ustedes, reclamando a embajadas y embajadores, poniendo florecitas a San Judas Tadeo o la Virgen de la Caridad; para ustedes que son miles y son nuestros, aunque muchos del lado de acá no conozcan un solo nombre de ustedes. Los de mi sangre, los míos, llegaron hace un mes, con sus mismas mochilas e historias de novela. Están durmiendo aquí, en mi apartamento, a pocos metros de donde mi teclado hace ruido ahora mismo.

Cuando ustedes nos dicen que son emigrantes económicos, entiendan bien, de entrada se convierten en mendigos. Ni más ni menos.



Un mendigo pide limosna en un semáforo, ustedes la piden en Inmigración. Un mendigo no es perseguido ni aplastado por fuerzas políticas. Él solo quiere ganarse un poco de plata para el día, y hacerlo de manera fácil. Ustedes, con el traje de emigrantes económicos a cuestas, no quieren problemas con nadie, ustedes solo quieren lloriquear un poco de ayuda y también de la manera más fácil. Burlando la piedad de las leyes.

Pero son peores, perdónenme, que los mendigos. Porque al menos ellos no se llevan la plata rácanamente ganada a gastársela en la tienda del mismo abusador que no les deja trabajar. Ustedes sí. Ustedes huyen de un gobierno abusador que les ha empujado a esta tragedia, y como le temen, dicen públicamente que no hay política en nada de esto. Así garantizan las dos semanitas de vacaciones con bling-bling luego del año y un día, cortesía de una Ley de Ajuste que nació hace unos cincuenta años (lean un poquito de Historia, otro consejo) para dar algún status legal a los que de veras NO PODÍAN regresar.

Y ya que estamos en lecturas, decir que son emigrantes económicos no solo es un bochorno moral. Es también un templo a la ignorancia. Porque no saber que el caos o la virtud económica de una nación dependen de las decisiones políticas de sus mandamases, es vergonzoso. Como diría uno de los padres del pensamiento liberal en el siglo XX, el austriaco Ludwig von Mises: “La política es como el clima. Usted puede querer desentenderse de él, pero cuando salga a la calle inevitablemente le va a golpear”.

¿Emigrantes económicos? Mis dos cojones. Ustedes son víctimas de un sistema político colosalmente eficaz en el arte de crear pobreza.

Cuando lleguen, no reclamen derechos en Miami, se los pido. No nos hagan quedar peor antes los ojos inteligentes de otras comunidades. Agradezcan. Solo eso. Agradezcan todo cuanto les den, sin olvidar que este país no les debe nada. Está muy bien sin ustedes. Agradezcan que los contribuyentes paguen por ustedes, por sus comidas y sus atenciones a la salud.

Y digan la verdad cuando las cámaras empiecen a grabar. Digan que no es culpa de Costa Rica ni de Honduras ni de Guatemala ni de Colombia, todo lo que ustedes pasaron. Digan que ni siquiera el repulsivo violador de hijastras, Daniel Ortega, es el responsable último de ese baño de gas y de sangre que sufrieron ustedes en Nicaragua. Todo eso, queridos míos, nació allá en la islita desde la cual algo parecido a un ojo de Sauron todo lo ve y todo lo inflama. Que no se les pierda la memoria.

Por último: para ustedes, los de este otro bando, que los hemos visto con las venas del cuello inflamadas, con los ojos abrasados de lágrimas e ira, gritando ante la prensa de cualquier parte que ustedes escapan de un país sin sueños, de un gobierno de mierda que nos ha secuestrado a los cubanos la paz y el decoro -otra vez Martí, sí-, que sepan que va a valer la pena. Les doy mi palabra.

Y les dejo el dato, aquí entre nosotros, de que todos esos soldaditos alevosos de Colombia y Honduras, y los policías ordinarios de Nicaragua, y los maleantes de poca monta que en Mexico les exprimirán los bolsillos con saña, todos esos que les han humillado casi por deporte, darían sus culos chaparritos por ser tratados en Estados Unidos como lo serán finalmente ustedes.

Y cuando ustedes vean crecer a sus hijos en el futuro, como estoy viendo yo al mío, en una nación admirablemente imperfecta, inmadura pero democrática y próspera, sentirán algo demasiado parecido a un orgullo soberbio por haber tenido los cojones de no resignarse nunca a la infelicidad.



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