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Cuando la fiana te visita…

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La Habana/Augusto Obrigado. La visita de la fiana a la puerta de tu casa o de un par de segurosos encubiertos es lo mismo que Franz Kafka reflejó en su libro “El Proceso”, la indefensión del ser humano frente a los embates de un poder fortísimo que en nada se interesa por la salud de los gobernados, más bien arremete sin importarle contra toda luz que aparezca en el horizonte. La oscuridad empoderada no cree en candeleros ni iluminismos, ¡oh dictadura, cuánta sangre derramaste en tu nombre!, y no sólo sangre física, sino moral, porque el poder no cree en melindres de vergüenza ni en apasionamientos patrios, el poder es impersonal y personal y toma venganza sobre las personas hasta destruirlas o aprisionarlas tanto que dejen de ser.
Cuando la fiana te visita has perdido la poca humanidad que te quedaba, estás proscrito ante la Historia, solo, sin pasiones que te salven y sin otro valor que el que te puedas dar tú mismo en medio de las ratas animales y humanas que te rodean. No hay policía en el mundo como la dictatorial, pues está metida en tu pensamiento, es una construcción espiritual, es una trampa de la historia, es un monstruo, una leyenda, una entelequia dañina, algo vergonzante para el que ejerce dicho oficio. En el libro de Kafka, Josef K se despierta flanqueado por un par de segurosos que ni ellos mismos saben explicar por qué están ahí (Monterroso diría que los dinosaurios todavía estaban ahí), las peores pesadillas del personaje toman cuerpo en dos seres sin cuerpo ni mente, incapaces de pensar pero temibles en su misión: desbaratar al individuo, deshacer las máculas de humanidad, proscribir, dar palos, engendrar el miedo.

En las dictaduras la policía no guarda por el bien público, sino que es cancerbera del mal público, vela porque se cometan las mismas atrocidades diarias y que nadie dicte cátedra en contra de esa violencia legalizada. Todo profesor del jurismo perfecto será un delincuente ante las huestes de la maldad, ya que como en la novela de Kafka, el poder no se muestra directamente (a veces su fachada es democrática) sino que está en el “Castillo” otra entelequia literaria del genial escritor checo que coloca lejos al dictador, le enaltece, le hace feliz en medio de su soledad de piedra, de su corazón inexistente. Josef K puede ser cualquiera, su nombre es ramplón y su apellido una letra, aunque pudiera ser el número de un preso de galera. En cambio el Jefe es aún más anónimo, su nombre se desconoce como el nombre de Dios, pareciera que el dictador dijera “Yo Soy el que Soy” o sea el verbo del principio de los tiempos. Y es que en la historia de los regímenes antidemocráticos está presente el viejo pecado humano de equipararse a lo divino, por escaleras de sangre y abusos, manipulación y vigilancia. Toda dictadura tiene su Torre de Babel con la que ha intentado llegar al cielo por asalto, sin que ello signifique santidad ni beneficio para los oprimidos (verbigracia: la raspadura de la Plaza de la Revolución en La Habana, obra que como aquel elemento bíblico jamás se terminó ni funciona como el símbolo elegante que el régimen pretende, sino más bien como un fálico y burdo monumento a la tozudez de tantos tan recalcitrantes).
La Torre de Babel era el intento segundo de equipararse al poder divino, luego de comer del Árbol de la Sabiduría. El Jefe (hoy cenizas nada más) dijo en uno de sus primeros discursos: “yo no les pido que crean, sino que lean” y todo el que leyó tuvo pronto junto a sí a los dos segurosos que reseñara Franz Kafka. Leer es un peligro en las dictaduras, comienzas a desbarrar de los abusos y tu mente no se detiene ante las imposiciones del espíritu y la fuerza bruta, eres un disidente irremediable. Disentir no está permitido, pensar mucho menos y puedes leer sólo aquello que te permite el Partido. La Biblia se sustituye por Lineamientos, otra “Biblia” de menor cuantía donde el Apocalipsis es perenne y apologético, aunque allí se hable de objetivos de desarrollo para el 2030 y de planes para una visión de país “democrático” (a la manera de Kafka). Ni siquiera leer a Marx es recomendable, por eso de “el oprimido no tiene nada que perder, salvo sus cadenas”, pues ellos (los invisibles) quieren como el poder inamovible de “El Proceso” mantener viva una llamita de esperanza en los ojos de los gobernados, para que desgasten sus vidas en naderías o en viajecitos al extranjero que poco o nada traen. El poder, lejos de ser Invencible es Invisible y eso lo hace un poco invencible, porque no puedes vencer un enemigo que no se presenta en batalla, sino que apuesta por tu desgaste, por tu pérdida en el laberinto, porque le des golpes a un saco de paja.
La fiana en la puerta de tu casa es un universo de maldad que sobreviene, no es la fiana, no son los dos segurosos, no es “El Castillo”, ni siquiera es el proceso, sino la maldad cíclica que como constante de Sísifo aprueba y sostiene una nación que ha dejado de ser para convertirse en el feudo de los corruptos y los mentirosos, donde el justo amanece cada día flanqueado por dos vigilantes reales o ficticios. Kafka ha sido más cubano que checo, o quizás Cuba es una Chequia comunista exacerbada, la generación “histórica” en verdad es histérica y lenguaraz y te coloca frente a tu casa la fiana, entelequia del poder sin lugar fijo y omnisciente. En la imaginería de los dictadores, ellos son más grandes que Dios y merecen en vida y muerte el ajuar que ningún mortal podría tener. Pensar ya te convierte en disidente, en vigilado, en proscrito, leer es peligroso, las fianas te llueven, es una lluvia imparable, o al menos parece imparable, nadie sabe.

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