Cuba, La Hora Cero: El Padrino. Por Liú Santiesteban

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Cuba, La Hora Cero: El Padrino
Por Liú Santiesteban.
Caía la tarde en el Malecón de La Habana. Un festival de fuego atravesaba el cielo cuando Maikel, un negro lindo de esos que hay en Cuba, se sentaba en el muro para hablar con Yemayá. “Yemayá mi madre, mándame una yuma pa irme de esta pinga que me tiene ostinao.”

Maikel vivía en Centro Habana, a cinco cuadras de la arteria más famosa que tiene que La Habana: el Malecón. Nunca bajaba tan temprano, pero aquella tarde se sentía intranquilo. Sentía un salto en el estómago que lo obligó a ponerse un pullover y salir así mismo como estaba: en shorts y chancletas.
Quería esperar a su madre que venía de la Iglesia de Santa Rita. Siempre la esperaba sentado en la acera, frente a su casa, pero algo le decía ese día que tenía que ir a buscarla. Ella pertenecía a las Damas de Blanco porque su marido, el padrastro de Maikel, llevaba preso más de 8 años por ayudar a redactar un documento: La Patria es de Todos.

Todos los domingos iba a la Misa de la Iglesia de Santa Rita, en la Quinta Avenida y la calle 26, en Miramar, con una veintena de mujeres que tenían algún familiar preso por atentar contra la seguirdad del estado, o lo que es lo mismo, por ser disidentes u opositores políticos. Después marchaban en silencio por los jardines del separador, con un galdiolo en la mano. A veces ella iba a almorzar y tomar café con alguna amiga, o aprovechaba para visitar a su tía que vivía en el Vedado. Se pasaba todo el día fuera y regresaba casi al caer la noche, a su muerte en vida.

A Maikel no le interesaba la política, pero respetaba a su madre y a su padrastro, el único padre que había conocido. Lo de él era vender ron y tabaco a los turistas y si estaba de suerte salir con alguna extranjera que le pagara las cervezas y se acostara con él. Hombres no. “Esa mariconería no va conmigo asere. Por mí que cada cual haga de su culo un tambor, pero el mío nooo. Mi culo negro no me lo toca nadieeee.”

Lo que Maikel quería era irse del país, como tantos jóvenes de su edad y otros, no tan jóvenes. Aquella tarde, cuando el sol empezaba a quemar el horizonte y él terminaba su particular plegaria a Yemayá, apareció Imián.

“¿Qué volá asere?”

“Qué volá mi consolte?”

“¿Y eso tú por aquí a esta hora?”

“Estoy esperando a la pura que debe estar al llegar.”

“Mira el mnago ese asereee.”

Una muchacha trigueña cruzaba desde  la acera de la cascada del Hotel Nacional. Una mujer algo mayor caminaba junto a ella. Maikel se puso en guardia.

“Mami pero que linda tú estás. Yuar biuriful mami. Ven acá mi china camáon.”
La señora mayor soltó una carcajada. “Hay cosas que nunca cambian en este país.”

“Mami pero, ¿le vas a reír la gracia?” Le dijo la muchacha.

“Ay pero si es cubichechico” Virándose para el mar: “¡Yemayá eres mostra!”

“Ve acá mamita, ¿de dónde tú vienes de Miami? Dame un nombre, un teléfono, un hotel, mira que si cocinas como caminas te lavo, te plancho y me caso contigo.”

Las mujeres siguieron avanzando, alejándose. La señora mayor no podía parar de reírse.

De pronto, un Lada rojo frenó bruscamente a unos cien metros de distancia de los dos muchachos, en la acera de enfrente. Los dos se quedaron mirando por el frenazo. Luego vieron que la madre de Maikel estaba en el interior del vehículo.

Observaron como ella intentaba bajarse por la puerta trasera casi junto a la cascada artificial. Pero la puerta no se abrió. La madre de Maikel se desplazó dentro del auto para salir por la puerta que daba a la avenida. Casi es atropellada por un Nissan que pasó a alta velocidad. Ella cerró la puerta de súbito y esperó unos instantes, cuando entonces vio a Maikel e Imián en el muro del malecón.

Salió del carro y comenzó a cruzar la calle en esa dirección, toda vestida de blanco mirando antes a ambos lados de la calle, para cerciorarse de que no venía nada. Cuando estaba en medio de la calle, sobre la raya amarilla desgastada por el tiempo y el salitre; el Lada rojo aceleró de pronto y la embistió con fuerza haciéndola caer tendida sobre el asfalto varios metros más alante. Le pasó por encima luego como si fuera un policía acostado, esas lomitas de cemento que a veces ponen en la entrada de las unidades militares para que los coches tengan que reducir la velocidad. Pero el  Lada rojo no se detuvo. Aceleró y desapareció rumbo al Paseo del Prado. Caía la noche ya.

Maikel corrió a recoger el cuerpo de su madre. Gritaba despavorido: “Asesinooo, mami háblame, mami repinga háblame cojone!” Colocó el cadáver de ella sobre el muro del malecón, con la delicadeza con la que ella trataba a sus gladiolos. Imián cogió el móvil y llamó a la policía, que a su vez le dio el número de teléfono de las ambulancias.

“¡Repinga que no tengo mas saldo pa llamar a la singá ambulancia!” “¡Mándame una patrulla pa 23 y malecón repinga que un singáo la arroyó con un Lada rojo! Se quedó sin saldo antes de terminar la frase.
Se le partió el corazón cuando vio a aquel negro de metro ochenta y uno, que todas las blancas, negras y chinas se querían bailar, llorando como si fuera un niño sobre el cadáver de aquella negra que él quería como si fuera su madre.
Imián era un joven blanco criado en el barrio de Colón, en la Habana vieja. Su padre llevaba preso toda la vida por apuñalar a un amante de su madre: una puta mala que pernoctaba en Monte y Cienfuegos. Donde estaban las putas más baratas de la ciudad.

La casa de Maikel siempre había sido su casa. Aquella negra era la única madre que él había tenido. Y su abuelo, era el abuelo de Maikel, un negro viejo que era más listo que el hambre. Mafioso desde chiquitico, un presidiario malo que había que respetar. En más de una ocasión lo salvó de algún pandillero. Imián era bajito y flaquito de adolescente; carne fresca para los abusadores.

Pero aquel viejo lo enseñó a defenderse. Lo obligó a hacer pesas desde los 13 años con unos aparatos que parecían sacados de una máquina del tiempo; pero que le esculpieron el cuerpo fibroso que ahora tenía. Fue el viejo el que lo llevó al campo de tiro y lo enseñó a disparar. El que más tarde lo obligaría a caerle a puñaladas a uno que le marcó la cara de por vida. “¿Cómo coño voy a decirle yo al viejo que le mataron su negra? ¿Su niña linda?”

Se secó, con las manos, las lágrimas que le corrían por la cara y se paró en el medio de la calle para parar un 
carro. 

“Ni un alma, de pinga.” Murmuró.

Veinte minutos después pasó un almendróndel 59 y paró. Era tarde, había muerto en el acto de un traumatismo craneal.

Ya en el hospital, cuando certificaron su muerte, Imián llamó al viejo para darle la noticia. Tuvo que hacerlo al teléfono de una vecina porque ellos nunca habían tenido un aparato en la casa.

Maikel estaba derrumbado en un escalón maloliente del cuerpo de guardia del Hospital Hermanos Ameijeiras. El que un día fuera el ‘hospital más espectacular del mundo’, un ‘hotel cinco estrellas’, parecía una ruina inmunda donde la gente salía bien de las operaciones y se moría por una bacteria que tenía el colchón forrado de plástico, porque no había ni jabón para limpiarlo cuando un paciente se iba.

“¿Se lo dijiste, qué te dijo?”

“No dijo ni mú. Eso es raro, con lo presidiario que es él, me extraña que no me mande a buscar ese Lada rojo por toda La Habana.”

Al poco rato llegaría el viejo al hospital. A juzgar por su aspecto frágil y su corta estatura, nadie diría que aquel hombre de avanzada edad, era el más fuerte de la familia, emocionalmente. Pero Pablo era mucho más que un anciano al que todos respetaban y llamaban: inusualmente en Cuba, Don Pablo. Ni siquiera Imián, quien creía conocerlo mejor, había calculado al viejo en su verdadera dimensión como hombre. Nadie le sabía nada; mucho menos Maikel, que no obstante le tenía un profundo respeto.

“¿Y la policía?” Le preguntó a Imián que estaba de pie, junto al pobre Maikel que permanecía sentado en la escalera.

“Hace una hora me dijeron que venían en quince minutos.” Respondió Imián.

“La mataron abuelo.”

“Usted se calla. Usted no ha visto nada. Aquí nadie vio nada. Los dos se van para la casa ahora mismo.”

Dirigiéndose a Imián le dijo: “En el escaparate de mi cuarto hay unos paqueticos de café. Haz dos o tres cafeteras y mételo en el termo pal velorio. Cuatro no, que aquí no llueve café en el campo ni en la ciudad tampoco.”

“Y tú…” Le  dijo a su nieto. “No te duermas, te tomas un buche de café y te pones a leerte un libro que te dejé en la mesita de noche de la niña.” Por un instante pareció que al viejo se le iba a salir una lágrima, pero nada. Le tendió la mano a su nieto y lo levantó del piso como si aún tuviera cuarenta años; cuando en realidad había pasado hace mucho los setenta.”

Cerca de las cinco de la mañana llegaría Don Pablo a su apartamento de la calle Vapor, a puerta de calle. Los dos muchachos estaban sentados en la sala, con las tazas vacías de café amargo y en silencio.

El viejo no dijo nada. Fue hasta el cuarto de su hija y agarró el libro que, estaba donde horas antes lo había dejado: la mesita de noche. Estaba forrado con una hoja amarillenta de la Revista Bohemia. El viejo siempre había sido misterioso con sus cosas. Volvió al salón y le dio un golpecito a su nieto en el hombro con el texto.

“Te dije que leyeras.”

Maikel lo abrió, casi por inercia. Estaba aún en shock. Su madre lo era todo para él. Todavía no podía creerse lo ocurrido. El título del libro lo sacaría de su letargo. Esperaba cualquier cosa menos aquella obra de Mario Puzo: El Padrino.

Nota: Este texto está publicado bajo licencia Creative Commons Atribución-No Comercial-Obras No derivadas.
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