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Delfín, Santa, Andrés y nosotros

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Cuando me confirmaron que el segundo largometraje de Carlos Lechuga  Santa y Andrés no estaría programado durante la venidera edición del Festival Internacional de Cine de La Habana, mi primer pensamiento no fue para ese joven director, sino para Delfín Prats.

La vida del notable poeta holguinero, ganador del Premio David de 1968 con su poemario Lenguaje de mudos, sirvió de inspiración para este filme. Aquel libro, a pesar del galardón, nunca llegó a las librerías: se consideró que sus textos mostraban un costado decadente de la vida cubana del momento, en particular la vida nocturna de algunos jóvenes en La Habana, y salvo algunos ejemplares salvados por puro milagro, toda la edición se convirtió en pulpa.

santaandres061216A casi 50 años de aquellos acontecimientos, Santa y Andrés propone una suerte de rehabilitación, a toda pantalla, de quienes como Delfín pagaron con silencio y prisión el precio de lo que les dejó expresar el talento. No fue el único que sobrevivió a todo ello y que guarda aún consigo ecos del trauma que tal cosa les provocó. Pero entre todos, ese sobreviviente que fuera lentamente recuperado a partir de la edición de Para festejar el ascenso de Ícaro, en 1987, permanece aquí y ha dejado, mediante entrevistas y apariciones en documentales, un recuerdo pesaroso de todo ello, al tiempo que se aferra a seguir pensándose como un escritor que pervive en los márgenes.

Quien recuerde los minutos finales de Conducta Impropia, encontrará allí a René Ariza: poeta, narrador y dramaturgo que en 1967 ganó con La vuelta a la manzana el Premio de Teatro José Antonio Ramos de la UNEAC, un año antes de que Antón Arrufat obtuviera ese lauro con su ya mítica reinvención de Los siete contra Tebas. Tras varios de prisión, Ariza logró salir hacia Miami, y es su voz y su mirada perdida la que cierra el polémico documental de Néstor Almendros y Orlando Jiménez Leal. Salvo esa obra que menciono, nada suyo publicaron las editoriales cubanas. La parametración, que se impuso a partir del I Congreso de Educación y Cultura en 1971, borró su nombre de los escenarios y las editoriales.

En ese documental, y otros como Havana, de Jana Bokova, se deja ver Reinaldo Arenas, el narrador más extraordinario de su generación. Y en Seres extravagantes, de Manuel Zayas, el propio Delfín narra sus avatares, lidiando con los recuerdos tanto como con los tics y temblores que esas memorias le infligen a su cuerpo. Lo que narran ellos en esos y otros instantes es la manera en que han logrado sobrevivir, mal que bien, a la realidad que intentó pulverizarlos, que les arrebató públicos, lectores y audiencias, que les impuso como castigo la invisibilidad que el poder puede hacer sentir a los intelectuales, artistas y ciudadanos que no se repliegan a lo dictado por ese mismo orden.


Se puede ver el artículo completo en el Blog El Cine es cortar

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