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La política en la sangre. Andrés Reynaldo.

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Por Andrés Reynaldo.

El baño de sangre. Ese es el fulminante comodín de los heraldos del cambio-fraude. Al menor reclamo que se le hace a Raúl Castro, te saltan al cuello. Tú estás proponiendo un baño de sangre. Por pequeño que sea el reclamo. El colmo: estás proponiendo un baño de sangre desde Miami. Curiosamente, lo que más los escandaliza, lo que hace que te pongan en la lista negra de los odiadores, los desfasados, los demagogos, los torvos enemigos de la patria, es el pacífico, inclusivo y universal reclamo de un inmediato estado de derecho.

En el resto del planeta, en los pretéritos y actuales tiempos, en la misma Cuba, a los dictadores se les ha pedido que se larguen. Cuanto antes. A tal fin, se convoca a cerrar filas con la oposición y se clama por ayuda a los cuatro vientos. A Washington. Al Vaticano. Sin hacerle muecas a la ayuda si llega lo mismo de Moscú y Pekín que de Estocolmo. Pero los heraldos del cambio-fraude tienen otra cosa en mente. A esta dictadura deben proporcionársele los créditos, la paz ciudadana y el prestigio internacional para que transite por vía dinástica del más cutre leninismo tropical a un desollador y militarizado capitalismo de estado sometido ya, por la ley escrita y la ley no escrita, a la familia Castro. Curiosa manera de ver la salida en la encerrona.
El fantasma del baño de sangre favorece la noción de que la dictadura es imprescindible como garante del orden y hasta de cierto grado de convivencia cívica




Algunos pudieran extrañarse de que se hable tanto del baño de sangre, a sabiendas de que la oposición interna y externa rechazan tajantemente la violencia desde hace décadas. El tópico atraviesa una variada gama de personalidades cubanas y extranjeras. Por ejemplo, antes de embarcar a Cuba para la reciente visita del papa Francisco, el arzobispo de Miami, Thomas Wenski, enfatizó que la Iglesia quería evitar un baño de sangre en la isla. Lo dijo como si de Miami estuviera a punto de zarpar una masiva y rencorosa expedición. La advertencia del baño de sangre, en todo caso, debía hacérsele a Raúl en el Palacio de la Revolución. O al menos dirigírsela directamente a Raúl desde Miami. A Raúl, a la recalcitrante fuente del mal. A los que le parten el alma a los opositores apenas a unos metros de los salones donde los visitantes ilustres se fuman sus formidables habanos y hablan de convertir a Cuba en Singapur.
El fantasma del baño de sangre favorece la noción de que la dictadura es imprescindible como garante del orden y hasta de cierto grado de convivencia cívica. ¿Y si la dictadura es imprescindible, si a la dictadura hay que darle tiempo y dólares para que no haya un baño de sangre, quiénes vienen sobrando? Los opositores que se resistan a constituir “una oposición leal” y los exiliados que no se suban al “tren de los cambios”. Por ahí van los truenos. La expectativa que se fomenta en una platónica facción reformista del raulismo sirve para restarle credibilidad y recursos a la legítima y perseguida oposición. El aplauso al levantamiento de restricciones en áreas que ya no amenazan la estructura de poder disfraza una represión que puede variar tácticamente de método aunque no estratégicamente de propósito.
Nadie en sus sanos cabales desea un baño de sangre en Cuba. La alternativa, sin embargo, no ha de ser la perpetuidad de la dictadura. Eso es una deleznable inversión moral que traslada la responsabilidad del conflicto a las víctimas. Aceptar la violencia castrista por rechazo a la violencia anticastrista ofende como ideal y fracasa como política. A fin de cuentas, en 57 años, la sangre de los opositores nunca ha dejado de correr.

Foto de Sagi K en Flickr



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