El cobarde en jefe.

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Durante las batallas de El Escambray contra los alzados (que estos si fueron combates a rajatabla) no participó ni en un solo cerco. Al frente de todo puso al antiguo falsificador de cheques General Raúl Menéndez Tomasevich y al Comandante Lizardo Proenza. Y él, como siempre, brilló por su ausencia.

En Girón, ya después que estaba asegurada la derrota de los brigadistas, se retrató montado en un tanque junto al General José Abrantes. El escritor oficial Norberto Fuentes describe -en forma feminoide- el “momento histórico” diciendo “lo bellos que lucían los dos”. La bronca con el General Ochoa se inicia porque el tirano quería dirigir la guerra desde La Habana sentado en  una oficina con aire acondicionado y cien mapas. Y Ochoa se burlaba de su cobardía. 

Durante el famoso Maleconazo hizo la misma payasada: después que fue controlada la monumental protesta  llegó con tremendo alarde. Y en el ocaso de su vida, pareciendo una momia ambulante, todavía tiene terror a la muerte, no confía ni en su sombra y muestra el desparpajo de anteponer a su nieto para que en un momento dado le sirva de escudo y reciba  las balas destinadas a él.

Estéban Fernández en el Blog de Zoé Valdés.

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