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El invierno del patriarca. Por Augusto Obrigado

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Las Tunas/Augusto Obrigado. Fidel era un dictador, primera verdad. Fidel gobernó el país durante medio siglo, segunda verdad. Todo lo que somos se lo debemos, todo lo que no somos se lo debemos. Él hizo como Luis XIV, o como Dios, creó un supuesto edén, un mundo a su imagen y semejanza. Más allá del marxismo y la revolución, el régimen era (es) Fidel y su remanente. Su megalomanía lo persigue hasta la tumba, su muerte es un misterio. Nadie sabe la causa del deceso, todos esperaban en cambio la consabida momificación del santo de la izquierda extremista mundial. Algunos en los últimos años conjeturaron definiciones míticas y místicas, el realizador gráfico Roberto Chile dijo: “Fidel es Fidel”, nada más críptico. Otros sólo lanzan bufidos en medio de persecuciones y vigilancias, de patrullas que rondan las calles, de mulatos que se esconden y beben de madrugada hasta caerse.
Miami es la celebración, La Habana el condominio de la mentira. La obra de teatro requiere que el último acto sea en Santiago de Cuba. Raúl dio otra definición también reciente y críptica: “Santiago sigue siendo Santiago”, quizás aludía al servilismo a ultranza de un buche de santiagueros, o a alguna vaciedad del espíritu de tantas propias de un gobierno que muere. Sí, al fin se van, dejan la patria que no es de ellos, la patria que no son ellos, sí al fin dejan de ser, se escabullen en medio de la nada. Reinaldo Arenas dijo otra definición: “la Historia los absorberá”. Otros despiertan con la certeza santa de que ya el dinosaurio no está ahí.
Querer un pensamiento único es ya pecado suficiente. Condenar, matar, encarcelar y dividir devienen en enormes cargos ante cualquier tribunal. Quienes hoy obvian los errores (horrores) de Fidel, saben que toda esta migración galopante y siniestra la genera un diseño macabro, la obra del arquitecto maldito que nos usó y despreció. Para él fuimos material desechable, cosas, objetos intercambiados en cualquier candonga. Cuba era un juguete en manos del megalómano que no pedía permisos, que no dejaba hablar, el odiador cuyo dedo condenaba con demasiada facilidad, el César que idolatraba a César, a Alejandro Magno, Aníbal, Napoleón. Un Fouché de la política internacional y un Nerón para los perseguidos, para las víctimas que (pobres herejes) no entendieron ni aceptaron nunca el “conmigo o contra mí”. La patria de Fidel es Fidel mismo, no hay otro ser, ni otra tierra posible. La Nueva Jerusalén era La Habana lúgubre y sucia, tierra prometida en largos discursos lanzados a través de las ondas mundiales. Unos dirán de educación gratis (adoctrinamiento forzado) y salud pública (en verdad pagada a través de bajos salarios y la pérdida de la libertad de todos los cubanos), otros dirán que es mejor hundirnos en el mar. La lógica del régimen se asemeja a la historia de Dios, Fidel se creyó Jehová en la tierra y hasta predijo un Apocalipsis.
Fidel ha muerto, nadie se alegra de la muerte de nadie ni aún quienes se alegran. La contradicción es perfecta en tanto el dictador mató con descaro, indiferencia, alegría mustia. Fidel ha muerto y el destino de Cuba sigue a la deriva en manos de secuaces, de mediocres que ahora circulan una hoja pidiendo adhesión eterna al muerto. Según esa lógica, entraríamos al averno junto al cadáver, hemos renunciado a todo en pos de él. Y esa es la esencia, la renuncia, la muerte, el despojo, el diluvio. El mundo, en la lógica fidelista, no puede suceder a Dios (Fidel). Juan en Patmos debió recibirlo todo de manos de un ángel enviado por el patriarca de las revoluciones, por el Extremista en Jefe. El mal genera sus mitomanías y ahora se ve cómo los muertos entierran a su muerto, otra Biblia oscura cierra sus páginas y sólo nos quedan interrogantes.
Tras el invierno noventa del patriarca necesitamos tener a Cuba libre, la queremos con todo nuestro corazón. Mientras, ellos siguen en su religión postrera, y postrados ante el ídolo de verde olivo. Ahora mismo carecemos de amanecer, contrario a lo que piensan quienes celebran. Todo está por hacer, todo está por delante y en vez de la Nueva Jerusalén tenemos un país a imagen y semejanza de un diablo encarnado.

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