ULTIMA HORA

Enemiga del estado

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Holguín/Augusto Obrigado. Sin dudas, la libertad del cuerpo es una de los adelantos de libertad que hoy vive el pueblo cubano. Herederos de una sensualidad ancestral que mezcló raíces y culturas, los isleños añoran la libre expresión en todas sus facetas, desde el cuerpo hasta la palabra y la participación en los espacios de conformación del consenso.
La psicología de masas que rige la nación ha colocado tabúes adicionales, así se parametró el uso y la exhibición del cuerpo, manifestaciones que son vistas desde la ortodoxia partidista como síndromes decadentes, inmorales. En un país que se ufana de disponer de amplias libertades, es un delito portar o ver una película pornográfica, aún cuando estas sean de procedencia extranjera y facturadas por productoras que cuentan con el aval de los actores, los gobiernos y la comunidad internacional. A la vez que se tacha de inmoral e impropia a la pornografía, el gobierno cubano exhibe bodrios televisivos que engrandecen la violencia, trasmiten patrones machistas patriarcales, estupidizan la capacidad de apreciar el buen cine (véase la larga data de filmes expuestos en ese programa llamado “La película del sábado”). Ni hablar de las barreras que debe sortear el propio audiovisual de producción nacional, para acceder a los espacios de la televisión, de ahí que nuestro público desconozca prácticamente todo lo que en dicha materia se ha estado haciendo en, desde y sobre Cuba. En un contexto donde se pregona moral y se prohíbe en su nombre, tampoco tiene mucho sentido proponer antimodelos televisivos y obviar el buen arte.
Pero el cuerpo va siendo la primera manifestación de libertad real, pues abundan los desnudos en los celulares, los videos pornos caseros, la falta total de inhibición en una isla inhibida, las fotos de las chicas y chicos son como golpes en la cara de los elefantes del partido y los guardianes de la fe ideológica. Corren las cartas y las denuncias de los chivatones en contra de los que deciden ser libres, pero la nación entera prefiere desnudarse. En cada pene, en cada vagina, hay un grito de individualismo, una manifestación de esa voz acallada en las plazas públicas, ninguneada en los papeles y los folios gubernamentales, en las cifras que se envían a las Naciones Unidas, en los reportes del paraíso tropical, donde tanto se sufre, donde nada queda ya que sostenga la fe del Inquisidor.
Pobre Inquisidor que quedó atrás con su índice de prohibiciones y su hoguera solitaria, apenas lo siguen algunos monjes trasnochados en medio de la desidia envejecida, balbuciente. Cuba, la sensual mujer, levanta su bello cuerpo desnudo y protesta ante la falta de tantas cosas, y el mundo la mira embobecido, ese mundo que alguna vez nos creyó soviéticos, siberianos, estalinistas, graduados de la Lomonosov. Ahora habrá actores pornos nacidos en Guantánamo, en Palmarito, muchachos que en vez de militar en alguna ONG-polea de mando, mostrarán sus enormes aparatos frente a alguna chica ávida de descaro, de libertades. El cuerpo es la gran libertad, así como el sexo y el amor, el cuerpo es la rebelión, es el Decamerón cubano, donde los cornudos y los chivatos intentan apalear, acallar, entristecer, cubrir desnudeces.
Una Cuba desnuda mostrará qué cosa es Cuba, quién es Cuba, y será un momento dichoso en nuestra historia, un instante de total iluminación, será como Buda conociendo las verdades que lo llevaron a la VERDAD, sí, Cuba necesita desnudarse del ropaje ideológico que encubre los intereses de la clase dominante, de las manipulaciones que se adueñan de la capacidad humana natural para pensar. Toda pornografía es una disensión contra el totalitarismo, toda disidencia es pornográfica.
El contacto con el mundo que imponen el internet, el turismo, la apertura necesaria so pena de un ahogamiento colectivo; forzarán las correas de antaño y llevarán más a la sociedad a estadíos de libre expresión. En una isla donde existe pasión por prohibir, se abrirán las grandes avenidas, las autopistas de la información, así no estará más ese poder oculto y a medias que hemos sufrido, ese Estado que se dice dador y que quita. Los ropajes han caído y se grita con sorna que el rey va desnudo. Como en el cuento infantil, la verdad es tan obvia que aún los niños la desentrañan, sí, los niños, esos que no sienten el peso de la prohibición y se miran sus “cositas” con la misma natural libertad que ahora sucede en Cuba, porque mirar, escudriñar, curiosear, disfrutar, son antónimos del montaje-aparataje estatal que encubre y nos muestra una obra de teatro del realismo socialista.
Legalizar la pornografía, dejar que los cuerpos fluyan y fluyan los fluidos humanos, será parte de la humanización del país, de eliminar esa automatización de la vida, esa mecánica brutal. Hay que engrasar los cuerpos con lubricantes afrodisíacos y no tanto las piezas absoletas de la fábrica social y sistémica que se nos impone. Bajo ha caído el cúmulo de libertades que alguna vez se prometieron, cuando el cuerpo es una propiedad estatal que se reglamenta, que es objeto de inventarios empresariales y visitas y emulaciones socialistas.
El socialismo filosófico, no el de café con leche y represiones de todo tipo, deberá tomar nota de lo que sucede en dicho sistema con el concepto del cuerpo, pues la democracia, ese anhelo, es la asignatura pendiente de esa aspiración humana legítima que deviene del comunismo. Alguien dijo alguna vez que si el socialismo ha fracasado, dónde estaban los triunfos del capitalismo, como si el traspaso de los estamentos de la historia fuese una apuesta o el resultado de comparar un equipo de pelota con otro, pero no se trata de seguir esas recetas estúpidas que nos mandan los heraldos negros de la izquierda mundial, sino de mirar hacia el ser humano de forma sana y científica y aceptarlo como es, sin pretender hombres nuevos que no se exhiban ni sean hedonistas, bisexuales, pornógrafos.
Un hombre nuevo es en definitiva un homúnculo, o sea, el resultado panfletario de una parte del cientismo social, no cabe ahí lo sensual, no se toma en cuenta la vida en sí misma. Cuba deberá desprenderse de los que aún sueñan con homúnculos, hay que asirse al hombre y no al muñeco humano. Sólo la democracia dará plenas libertades, pero mientras vemos como surge y se mueve con delicioso descaro, la democracia del cuerpo.

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