La culpa no es de nadie en nuestro país

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Fernando Ravsberg

Cuba gasta U$D 2000 millones cada año importando alimentos que podría producir en casa. El gobierno invierte decenas de millones de dólares en la ganadería e importa insumos para los campesinos pero muchas veces estos no llegan a su destino.

En el puerto de La Habana hay 2 almacenes repletos de fertilizantes echándose a perder sin que nadie los recoja. Dicen los portuarios que su calidad se deteriora “debido al tiempo que llevan ahí” pero eso no parece dolerle a ningún dirigente de la agricultura.

Y no es un caso único, el Periódico Trabajadores informó que los almacenes del puerto están a rebosar de productos. Lo cual provoca desabastecimiento, disminuye el salario de los estibadores y aumenta el pago a los barcos por mayor estancia en el puerto.




Luego el periodista se pregunta “¿Quién tiene la culpa?” pero de inmediato nos invita a no andar buscando responsables sino soluciones. Tal parece que el dúo Buena Fe se inspiró en la prensa cubana cuando escribió la canción “La culpa no la tiene nadie”.

Así es que algunos problemas se arrastran por décadas. Cualquiera que tenga edad suficiente recordará que el caos de la “cadena puerto-transporte-economía interna” es tan viejo como la ineficiencia de “Acopio”, la mala calidad del pan o la escasez del transporte.

Más tarde intervino la TV cubana y siguió el partido de pingpong entre los directivos sin que se termine de definir si alguno de ellos es el culpable o si el caos es producto de un modelo obsoleto, que evidentemente no sirve ya ni para Cuba.

Un camionero privado me dijo que podría dedicar su vehículo en un 100% a mover mercancías desde el puerto. Sin embargo, algunos dirigentes prefieren almacenes llenos y productos pudriéndose antes que contratar a transportistas por cuenta propia.

La economía del país pierde U$D 6000 diarios por demora en la descarga y uno de los buques que se espera, cargado de frijol, deberá estar 60 días en el puerto, lo cual costará U$D 360 mil a la nación, dinero que saldrá del bolsillo de todos los cubanos.

Con lo que se gastará en la estancia de ese barco se podría comprar 120 mil kilos de leche en polvo, 45 mil pares de zapatos o 400 mil litros de aceite. No estamos hablando de centavos sino de lo que ganaría un cubano en 1500 años trabajando para el Estado.

No importa cuánto tenga que pagar el pueblo de Cuba, cuanto dejen de ganar los portuarios ni cuantos productos se “pierdan” en el vaivén. Tal parece que la “exigencia”, que tanto se menciona en la prensa, sea solo para los de abajo, nunca para los dirigentes.

En el puerto hay 26 brigadas pero el caos hace que “el 80 % de los estibadores no pueden laborar”, según cuentan los portuarios. ¿Cómo se les puede pedir eficiencia a los obreros si quienes tienen que organizar los procesos productivos son incapaces hacerlo?

Los trabajadores del puerto no se han quedado callados, exigieron explicaciones a la administración, al sindicato y al Partido Comunista “pero no tenemos una respuesta. Siguen llegando barcos y continúa la misma situación: no entran camiones”.




Es lógico que la administración trate de eludir las críticas de sus empleados pero ¿cómo es posible que el sindicato, “representante de la clase obrera”, y el Partido Comunista, “vanguardia de la sociedad”, no tomen cartas en un asunto que afecta la economía nacional?

Teóricamente, en las empresas existe un equilibrio de poder entre la administración, el sindicato y el partido pero muchas veces se comportan como un club de amigos, protegiéndose mutuamente de las presiones de los de abajo y de la fiscalización de los de arriba.

Del puerto de La Habana se han robado contenedores completos. Uno de los camioneros implicados aseguró a Cartas desde Cuba que cobraba 400 CUC por cada viaje y que le entregaban todos los papeles en regla para sacar la carga robada sin inconvenientes.

Cuanto más corrupto o ineficiente es un dirigente empresarial más “salpica” con beneficios al resto. De esta forma se garantiza la complicidad o por lo menos el silencio de quienes lo rodean y deberían funcionar como contraparte, en defensa de los intereses nacionales.

Y al final, los ciudadanos -los que tendrán menos leche, zapatos o aceite por culpa del despilfarro- se quedan sin saber quiénes son los responsables, qué medidas se tomarán contra ellos o que sistemas de trabajo se cambiarán para que no se repita. Nada de nada.

Una falta de información y de transparencia que se convierte en el caldo de cultivo ideal para que dentro de 50 años los cubanos tengan que volver a analizar las pérdidas millonarias que generan los problemas en “la cadena puerto-transporte-economía interna”.



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