ULTIMA HORA

La paz entre todos los pueblos ha de fundarse en la verdad, la justicia, el amor y la libertad.

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Declaración del Foro por los Derechos y Libertades
En pocos días visitará nuestra isla el Papa Francisco, tercero que toca tierras cubanas en menos de 20 años. Dado su protagonismo en la nueva política hacia el régimen, de ella se desprenderán consecuencias en el corto y mediano plazo.
¿Qué realidad encontrará, y qué esperamos los cubanos de esta cita, en momentos donde se define el futuro de la nación?



Por un lado, el régimen se juega la confirmación de las maniobras que ha calculado y que tanto influirán en su pretensión de sobrevivir y mutar. La iglesia, debe ganar el estatus que le permita proyectarse como un importante actor social en el futuro del país. La oposición, por su parte, pulsa para ganar espacio político y concretar alguna de sus demandas. El pueblo, espera nuevamente vivir momentos de libertad y encontrar aliento y asideros en su sobrevida, luego de permanecer sorteando una crisis con más de medio siglo.
La Iglesia cubana ha sufrido también una lamentable historia de abusos y atropellos, es importante recordar la temprana carta de los obispos, dirigida a Fidel Castro en 1960, en la que ya señalaban:
‘’… Si antes había habido más bien ataques aislados a los Obispos, sacerdotes y organizaciones católicas, a partir de este momento puede decirse que comenzó una campaña antirreligiosa de dimensiones nacionales, que cada día se ha ido haciendo más virulenta.

Se han organizado mítines en muchos pueblos, en que se ha insultado y vejado a los sacerdotes, a ciencia y paciencia de las autoridades locales.
Han sido clausuradas casi todas las horas católicas de radio y televisión.
Se ha injuriado y calumniado, a los Obispos y a prestigiosas instituciones católicas, por medio de los periódicos y las estaciones de radio hoy casi totalmente bajo el control del gobierno, y al mismo tiempo se ha impedido la publicación o difusión de los documentos que en defensa de la Iglesia han suscrito las organizaciones seglares católicas, así como de las últimas pastorales del Sr. Arzobispo de Santiago de Cuba…’’
Esa política del régimen se mantuvo durante largos años y fue dirigida, no solo hacia la institución, sino también contra los practicantes y devotos. No fue hasta 1998, con la visita de Juan Pablo II, que el régimen permitió respirar un clima más tolerante en cuanto a libertad religiosa.
La profundidad, y claridad, de la homilía pronunciada en ese momento por Monseñor Pedro Meurice, dejó un eco esperanzador en toda la isla: “Cuba es un pueblo que tiene una entrañable vocación a la solidaridad, pero a lo largo de su historia, ha visto desarticulados o encallados los espacios de asociación y participación de la sociedad civil. De modo que le presento el alma de una nación, que anhela reconstruir la fraternidad a base de libertad y solidaridad”.
Aquellas palabras mantenían total consonancia con lo que postularon los obispos en su carta de 1960: ‘’la Iglesia ha defendido siempre sin vacilaciones, en público y en privado, el derecho del pueblo de Cuba a su soberanía política y al pleno desenvolvimiento de sus capacidades económicas, y el Episcopado no ha tenido jamás otra meta en sus actuaciones que el servicio a la Iglesia y a Cuba”.
La Iglesia tenía como labor, no dejar que la resonancia de la visita de Juan Pablo II se disipara. Que aquellos mensajes que tanto emocionaron a los cubanos, no fueran apagados nuevamente por la propaganda del miedo y la mentira. Lamentablemente el eco se difuminó y los mensajes perdieron su momentum.
Años después, un grupo de 75 activistas políticos, periodistas independientes y defensores de derechos humanos, eran encarcelados en otro de los arranques soberbios del dictador Fidel Castro. El mensaje del régimen era el mismo, ‘’seremos implacables con quienes reten nuestro poder’’. La repetida frase de Juan Pablo II en su visita a Cuba, ‘’No tengan miedo’’, fue aplastada una vez más. Estos cubanos, junto a sus familias, tuvieron que cargar con el peso de ese atropello y el silencio de una nación temerosa. Sería injusto decir que no encontraron solidaridad en prelados de la Iglesia, pero es honesto decir que se pudo hacer más.
En la historia de Cuba, encontraremos a muchos hijos ilustres con mensajes directos y claros en cuanto a libertades y derechos se refiere. Ignacio Agramonte en su tesis de grado decía: ‘’Por el contrario, el Gobierno que con una centralización absoluta destruya ese franco desarrollo de la acción individual, y detenga la sociedad en su desenvolvimiento progresivo, no se funda en la justicia y en la razón, sino tan sólo en la fuerza; y el Estado que tal fundamento tenga, podrá en un momento de energía anunciarse al mundo como estable e imperecedero. Pero tarde o temprano cuando los hombres, conociendo sus derechos violados, se propongan reivindicarlos, irá el estruendo del cañón a anunciarle que cesó su letal dominación’’.
La Iglesia cubana no debe permitir ser apartada de las auténticas demandas de su pueblo, y de su clamor, por ejercer un grupo de derechos que le corresponden y que jamás debieron ser conculcados. ‘’Sr Primer Ministro, la Iglesia ha enseñado siempre, como norma fundamental de la conducta humana, la primacía de los valores del espíritu sobre todos los intereses de orden material. Por ello la Jerarquía Eclesiástica Cubana, siguiendo el ejemplo de los cristianos de todos los tiempos, está dispuesta a sacrificarse sin temor alguno y a perderlo todo antes que claudicar en sus principios”, decían los obispos en la carta citada.
Es bajo el espíritu de compromiso de aquellos prelados, que

preguntamos al Cardenal Ortega, ¿cómo clasificaría el injustificado y abusivo castigo que recibió en la UMAP? ¿Le daría connotación política, o se conformaría con el carácter de antisocial bajo el que fue maltratado junto a muchos otros cubanos? ¿Cómo no hablar con la verdad, por la justicia y la compensación a todos los atropellados por este régimen? ¿Pueden no existir presos políticos en Cuba, después de casi 60 años de una dictadura despótica? ¿No existen también acaso cubanos, en la isla y desterrados, sobre los que pesan injustos cargos que limitan sus libertades?¿Cómo no exigir una Amnistía? ¿Es posible hablar de empoderar al pueblo sin estos elementos? ¿Es posible hablar de paz y reconciliación sin reconocer la realidad que vivimos, el pasado, el dolor?
Una nueva Cuba solo nacerá del ejercicio de la verdad. Nuestra nación ha enfermado en la mentira, un mal que no permite dignificar al ser humano. La Iglesia católica esta llamada a ser actor importante, para mostrar un camino de compromiso con la verdad y la justicia. Y debe prestar atención a los legítimos reclamos de su pueblo. Darle credibilidad y apoyo engrandece su legado.
Hoy, en nuestra Isla, muchos sentimos que no hay nada más que esperar. “Esas mujeres que se visten de blanco”, y que todo el pueblo cubano conoce como las Damas de Blanco, han mostrado que el ejercicio de la libertad nos es inherente y se impone a todo el terror del tirano. Desde el Foro por los Derechos y Libertades hemos reclamado, a iniciativa de estas valerosas mujeres, la liberación de los presos con connotaciones políticas mediante la promulgación de una Ley de Amnistía. Reclamo sostenido bajo un alto costo, la represión y la violencia del régimen contra esta campaña está siendo brutal.
Los cubanos tenemos el deber moral de solidarizarnos con todos aquellos que pugnan por nuestros anhelos de libertades. Que implican el derecho de libre culto religioso y también el pleno acceso al espacio público y a los medios. Esperamos que el Santo Padre y la Iglesia católica cubana, perciban en nuestras demandas los anhelos más genuinos de este pueblo. Y todos honremos con nuestros pensamientos y actos, aquella frase de Juan Pablo II ‘’No tengan miedo”.

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