Liderazgo. Por Augusto Obrigado

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Augusto Obrigado/Pinar del Río He visto los mejores liderazgos de mi generación abacorados contra el extremo de la soga en el ring, sin aire los dejaron en una pelea desigual. Y es que la palabra líder genera sofocos de poder, extrañamientos de pupilas, zanjas profundas en los rostros más fieros. El líder es el pan que se quema a las puertas de los poderosos. Sin obviar la poesía, crecemos carentes de lo tangible, vamos por el mundo haciéndonos de imágenes que intentan complacer y dejamos solos a los líderes en su batalla social. La vida no es individual, como tampoco la psicología. No se estará bien, si no se piensa en el bien de todos, ni existe vitalidad sin la convivencia con el talento. He visto a las mentes más geniales de cada generación huir con pavor de la asfixia, la falta de oportunidad profesional, huir de vejestorios que, en las antípodas, lanzan fieros ucases contra cualquier cosa en su ceguera habitual.



…muchos en la oposición se dan por vencidos, otros hacen una especie de activismo suicida, otros se van de sus filas y ocupan una vida apolítica en apariencia; todos los puntos de vista y las actitudes son respetables, pero no todas esas vías favorecen la libertad. Y por Cuba habría que darlo todo, más aún en esta hora de incertidumbre, Apostar por los canales estatales para tener el liderazgo que queremos y que necesita el país, es una estupidez.

Los liderazgos en Cuba parecen prefabricados, hechos por alguna microbrigada, por alguna empresa estatal desfalcada. A los niños se les enseña a obedecer, a levantar el puño y llevar la pañoleta, símbolos de adhesión temprana a un régimen desvalido de argumentos y que tiene que adoctrinar ciegamente. No se permite la disensión ni mucho menos la disidencia, sino que por acto de magia político todos llevan el mismo ropaje falso y de ahí debe salir el supuesto líder, de los moldes prehechos del poder. Por eso se asfixia en Cuba a la originalidad, a los genios, a los que pudieran aportar. Porque en este país tenemos una mascarada hace casi sesenta años, donde quien no se ponga el disfraz perece, no es legal ser auténtico como no se permite el pensamiento diverso, no se mira bien un liderazgo independiente (no manejable), y las máculas del sistema (que son muchas) deberán mantenerse en el absoluto misterio metafísico.
Si fuésemos a hallar un equivalente, tendríamos que acudir a los derechos de pernada de la Edad Media, a los jugueteos con la corte, a los bufonescos y serviles de siglos ha. Cuba no permite líderes verdaderos y eso no es bueno para nadie, ni siquiera para el régimen, cosa amorfa que se queda ya sin ideología y sin jefes, a la deriva en un mar Caribe lleno de tiburones del mercado. Pero los que venimos pisando los talones de este desastre nos encontramos la triste realidad de un país donde sólo se obedece, donde todo viene desde arriba, donde prima la mentalidad de ganado. No ha sido culpa nuestra, bien se sabe que los mecanismos de dominación establecieron una forma de reglamentar la vida, de manera que desde La Habana se supiera a qué hora se duermen los habitantes del más lejano pueblito oriental. Y es que el poder civil, con sus defectos y virtudes, no existe en la kafkiana Cuba, sino un suprapoder militar que vigila la psicología de cada cubano y fabrica tipologías de comportamiento, algo así como crear mentes predecibles para después poderlas controlar. El Estado logra de esta manera anticiparse a cualquier disidencia del pueblo, así queda neutralizado el peor enemigo de la dictadura: el propio pueblo cubano descontento.
Pero en Cuba no se permiten liderazgos reales sobre todo porque el gobierno necesita cierto vacío de poder para que las mentes acéfalas que están en los estrados parezcan genios, cualquier cosa para alargar el chicle del mandamás. Una baba que no tiene ya justificaciones más allá de la asfixia militar, ni otra ideología que una construcción falsa llamada Estado, o sea nadie, ningún ser humano, vale más que una supuesta obra que nos sobrepasa a todos. Pero los líderes de ellos si tienen derecho a los estrados, y ejercen el poder incontestable de una manera poco diáfana y sí muy imponente. Ellos se abrogaron la vieja sentencia de que el Estado se encarna en sus mandatos. Si un discurso es absurdo es ese que dice que esta ideología rescató al país de la debacle, cuando ni siquiera se permite la salida de un líder genuino, de un ser pensante, de una propuesta disímil que contrarreste el mando omnímodo, putrefacto. Cuba son ellos (los que gobiernan) y viceversa.




Entonces, muchos en la oposición se dan por vencidos, otros hacen una especie de activismo suicida, otros se van de sus filas y ocupan una vida apolítica en apariencia; todos los puntos de vista y las actitudes son respetables, pero no todas esas vías favorecen la libertad. Y por Cuba habría que darlo todo, más aún en esta hora de incertidumbre, Apostar por los canales estatales para tener el liderazgo que queremos y que necesita el país, es una estupidez. Todo está por definirse, pero tenemos que ser nosotros los que pensemos bien y para bien, tiene que ser Cuba, el país real no el decretado por esos líderes de cartón, no el que ellos han construido desde una nada más vacía que cualquier nihilismo oficial. Porque ya va siendo hora de decirles que basta de siniestros personajes y de palabras a un pueblo que todo lo dio por su libertad y que aún espera. No esperaremos más, sino que tendremos que hacer.
El líder ya está, ya lo tenemos, y no es un caudillo sino el pueblo. Empoderarlo de sus verdades, desacreditar a quienes ya están desacreditados, llevar la luz a lo oscuro de esta vivencia política cotidiana, todas esas son tareas de quienes desde el punto de vista crítico quieren otra Cuba. Y sí es posible, lo que es imposible es el actual estado de cosas, la ignorancia con que este gobierno mira a sus gobernados, el apartamiento, la indiferencia, el discurso vacío y grandilocuente, la basura ideológica.

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