Matthew hacia los más pobres en un país de pobres. 

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Email this to someonePrint this page

Ernesto Morales_En 2005 yo trabajé para los damnificados por el huracán Dennis en el oriente cubano. Damnificados, digo. Vaya eufemismo. Los masticados, desmenuzados como fibras de caña, por aquel fenómeno categoría 4 que dejó menos muertos que ambiente de muerte.

Trabajé literalmente. Me enrolé en una expedición de jóvenes católicos -me aceptaron como uno de ellos, a sabiendas de mi ateísmo burlón- que destinaron sus vacaciones a reparar casas, repartir ropas, levantar casuchas de tabaco, repartir una mínima esperanza entre pobladores de Pilón, Niquero, Campechuela, y caseríos de nombres impronunciables y gentes de pobreza bíblica.
De esos 15 días entre escombros y desolación guardo recuerdos perturbadores. Perros esqueléticos devorando vómitos humanos para alimentarse de cualquier fibra, familias durmiendo bajo los techos de guano lanzados al suelo, montañas de harapos, electrodomésticos vueltos chatarra por la furia de vientos cercanos a los 300km por hora. Niquero, esa joyita costera donde un arco de flamboyanes robustos te daba la bienvenida a la entrada del poblado, respirando dolor y carencias como nunca antes la había sentido yo. (Creo que William Acosta Manganelly y su hermosísima familia recuerdan de lo que hablo).




Luego de adentrarnos todavía más en los parajes olvidados de la serranía cubana, casas con tres, cuatro habitantes, todos retrasados mentales. Poblados como Revacadero, cercano a Campechuela, recordistas nacionales en índices de retraso mental y alcoholismo: procreaban entre sobrinos, tíos, hermanos. Sin electricidad, sin esperanza, sin Revolución. (El orgullo local de los habitantes de ese mismo Revacadero, ya en 2005, era un chico llamado Yoenis Céspedes que por entonces había pasado a jugar en sus potreros inhóspitos a llevar la camiseta del Team Cuba. Me pregunto cómo estarían si lo vieran hoy).
Más que la desolación que dejaba el Dennis tras de sí me impactó la pobreza nauseabunda que había en esas zonas sin que ningún huracán pasara. La pobreza endémica, silenciada y ninguneada por un país socialista, con todos y para el bien de todos. 
Yo tenía 21 años. Reptaba entre montañas cargado de sacos de ropa, literalmente, donados por iglesias católicas americanas. Íbamos dejando una muda de ropa completa para cada campesino que lo hubiera perdido todo. Días que me marcaron para siempre.
Me resulta inevitable volver a aquellos escenarios de espanto, a los ojos de vidrio y los semblantes sombríos de quienes lo habían perdido todo, hasta el aliento y las ganas de llorar, ahora que otro huracán amenaza nuevamente la misma zona. Los más pobres en un país de pobres. Y yo no puedo hacer esta vez nada más que escribir algo por ellos con la ingenua -lo sé- esperanza de que mis vibras sean un amuleto contra lo que inevitablemente parece que viene.



Comentarios