No es país para jóvenes. 

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Camagüey/Augusto Obrigado. El título en español de la película dirigida por los hermanos Coen “No es país para viejos” me recuerda la actual paradoja que vivimos en Cuba, donde there is no country for young people. Los jóvenes nacen viejos o ya murieron, cuando sólo les queda por delante la perspectiva de una nación en ruinas, donde todo o casi todo merece ser no sólo reformado sino reconstruido. La lógica humana, siempre implacable, prefiere la mudanza a otros Estados cuyo destino no esté tan comprometido con la perspectiva del renacimiento desde las cenizas.

La juventud apenas es ya una línea poblacional entre una masa de personas de la tercera edad, cuya jubilación y seguridad social quedan comprometidas en una isla sin mano de obra, sin tecnologías ni infraestructuras para sostenerse económicamente o producir la más mínima riqueza. Los bajos salarios y la baja productividad forman el cuerpo de una serpiente que se muerde la cola, sin dejar espacio ya a populismos o frases de efecto que dejen alelados a los jóvenes inconformes, huidizos. La tendencia social es hacia el anexionismo, nadie ve en los símbolos nacionales ni la sombra de la cohesión y la comunidad de miras de antaño. La burocracia fagocitó al Estado y al gobierno, generando una claque de dirigentuchos perennemente preocupados por la cantidad de gasolina asignada para gastar en sus autos personales. Pareciera que Cuba no cree en el futuro, o que viera en las próximas décadas un vacío tal que poco importa construir esto o aquello en beneficio de los que están por nacer. Nacer, de hecho, es casi una quimera, una ilusión, abrirse a un espacio inexistente, baldío.
Sí, la nación que nunca ha sido feliz, esa isla utópica que pensó erigirse en paradigma de los derechos, marcha hacia su disolución total. Toda medida de salvamento se estrella contra los muros del totalitarismo que ha secuestrado a la gran masa, la huida deja las huellas horrendas del desarraigo y la búsqueda de la identidad perdida. Un gigantesco exilio vaga por las tierras de este mundo, grupo de personas atomizado, donde los intereses y las ideas chocan y que sufre el peso de estarse ya casi una eternidad sin una patria, ni un lenguaje espiritual común para amarse unos a otros. Mientras, se espera por algo que parece jamás llegar y no falta quienes aún intentan camuflar con flores esta muerte en vida que le tocó a nuestra juventud.




Supongamos que mañana se desatore la realidad política de la isla, entonces nos toparemos con la dureza de no saber qué hacer con ese gobierno, pues tras décadas de secuestro y pensamiento único, Cuba no conoce los vericuetos del consenso. Los jóvenes han visto en la política al Leviatán devorador de destinos, ergo no sabrán a derechas qué quieren y de qué forma buscarlo. No existe otra escuela mejor que la vivencia y esa ha sido prácticamente inexistente para los moradores de esta lengua de tierra en medio del mar Caribe. Cuba corre el peligro de hundirse en una inestabilidad todavía peor que el actual periodo kafkiano. Por esa otra razón, no es un país para jóvenes, porque el niño-pionero que dice querer ser como el Che lo repite maquinalmente, para darse de frente con una adolescencia sin sentido, donde cada vez menos es funcional meterse en una universidad o aprender un oficio. Ese pichón de cubano aprenderá pronto que en vez del Che, deberá ser un luchador de la vida, un revendedor de esto o aquello, un merolico, no pensar en otra cosa. Ese joven pronto verá en la belleza de su cuerpo la mejor mercancía y único pasaporte hacia otro destino, y se pondrá a la venta para el postor de turno.
En términos históricos, la actual situación no tiene mucho destino, aunque se hagan supuestos planes a largo plazo. Enamorar a la juventud es casi una misión imposible, pues nadie ama las cadenas ni la miseria. La corta edad es una quimera, cuando no hay sonrisas ni candidez, ni ternura, cuando lo obligado es el gesto grave y la preocupación irreparable por un presente malo y un futuro peor. No se construye la esperanza con desesperanza, ni la paz con guerra cotidiana. Un país que carece de jóvenes, carece igualmente de niños, de ancianos, de personas.
No es país para jóvenes, ni para nadie. Y por tanto estamos dejando de ser país, nunca antes el concepto de seudorrepública aplicó mejor para esta tierra que tiene escudo, bandera, himno y hasta unas supuestas elecciones donde los presidentes sacan entre el 98 y el 99 % de los votos. Una nación donde nadie nace, una inocencia tronchada en el vientre, un vientre vacío de vida, donde no cabe tampoco la muerte. La única imagen realmente feliz y fugaz que se tiene de un joven cubano, pertenece a una instantánea donde este llega en una balsa a la Florida o se monta en el avión de los sueños. Todo lo demás es puro escepticismo y detenimiento. Existe un libro de un periodista oficial llamado “Miami, donde el tiempo se detuvo”, que intenta narrar la derrota del exilio en voz de un resentido entrevistado; pero la isla parece ser el reverso real de dicho texto, donde no sólo el tiempo se detuvo, sino que el tiempo no existe.
Si alguien preguntara por qué está sucediendo esto con la isla, hay que decir que las vidas cubanas fueron compradas hace décadas, a un precio muy bajo. Una seudorrepública así dejará de ser hasta desgastarse, hasta ser como un fantasma de país, una cadavérica aparición en el concierto mundial. Luego, nadie sabe.



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