Resacas, mareas y gaviotas: el impacto cultural de los cruceros turísticos

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Por: Enrique Soldevilla (Elgentleman)

El elemento del viaje ha sido crucial en el devenir de la sociedad humana desde sus orígenes. Primero para buscar fuentes de alimentos en territorios de caza o pesca; para asentarse en nuevos predios agrícolas. Después, tras el surgimiento del Estado, para conquistar reinados, constituir imperios o escabullirse de éstos. Modernamente, para comerciar, satisfacer la curiosidad científica o divertirse.
Pero siempre el viaje como leitmotiv en el destino de la especie humana. Y el viaje hizo de la historia de los cruceros una historia de migraciones y de transculturación; también una historia de pasiones naufragadas, de romances temporales o de amores encontrados.
La idea de organizar el primer crucero surge en Alemania, según constata una carta fechada y publicada en enero de 1845, donde se convocaba a participar en un crucero con un extenso itinerario que, partiendo del puerto de Hamburgo y regresando a él, visitaría ciudades como Lisboa, Río de Janeiro, Hong Kong, Manila, Singapur y otras. Se condicionaba la admisión a la condición social de las personas, que debían poseer buena educación, preferiblemente con conocimientos científicos e intachable reputación. Finalizaba explicando que durante el viaje los pasajeros se encontrarían rodeados de un distinguido ambiente y disfrutarían del placer de la compañía de personas de gran cultura y refinamiento, teniendo oportunidades de adquirir conocimientos de primera mano de las maravillas del mundo y paisajes de los más remotos países. El espíritu de la época estaba marcado entonces por el positivismo y sus ansias de exploración y descubrimiento.
Aunque hoy sólo basta poseer una tarjeta de crédito de amplia cobertura para abordar un crucero, el espíritu de intercambio cultural, tanto durante la travesía como al visitar cada destino, constituye quizás la principal motivación de los cruceristas.
Al comenzar el siglo XXI, cuando transcurre un proceso mundial de migraciones nunca antes visto, de globalización del conocimiento y de la cultura; cuando las modernas tecnologías de la comunicación facilitan que se aproximen los estados nacionales y los individuos, los turistas tienen la oportunidad de conocer previamente informaciones acerca de los destinos elegidos para sus viajes de recreo. Esta realidad era impensable cuando el referido armador de Hamburgo convocó aquel programa para científicos curiosos.
Los cruceros contemporáneos transportan conglomerados multiculturales, pues sus tripulaciones y sus pasajeros provienen de cualquier región del mundo, llevando también como equipaje sus lenguas, sus músicas y sus filosofías de la vida. Durante la travesía comparten sus ideas, su folklore y sus sentimientos expresados en la letra de una canción. Así viajan el tango y el bolero junto al jazz, al bossanova y al merengue, alegrando los corazones de los visitantes mientras esperan el arribo a puerto.
Y es en cada destino, caminando por las ciudades, donde pueden constatar cualquier patrimonio arquitectónico o monumental, donde sienten clima y olores, donde pueden degustar y compartir el calor humano de sus habitantes nacionales. Donde hacen amistades, se retratan y donde tal vez encuentren la felicidad.
La historia de los cruceros, pioneros flotantes del turismo en masa, es en síntesis una historia de intercambio cultural donde visitantes y anfitriones se quedan con un pedazo del mundo intercambiado para incorporarlo a su experiencia y a su memoria.

Santo Domingo, septiembre de 2005

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