Una rosa nunca es banal. Por Augusto Obrigado.

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Baracoa/Augusto Obrigado._Todos somos ciudadanos del mismo espíritu, hijos de la misma madre, patriotas de un bien que nos sobrepasa y por estos días todos somos baracoenses. Un ciclón podría situarse entre los males más ubicuos, hay varios tipos: están los que arrasan el alma o los que se detienen durante eras interminables sobre un pueblo, la clasificación incluye, claro, a los huracanes tropicales. Criaturas de nuestra mitología aborigen, hijos del cielo, enemigos de la tierra, llevan en sí la muerte y el renuevo. Baracoa nunca estuvo más situada en el corazón de Cuba, casi diría que la pequeña ciudad deviene en república, en ciudad-Estado, en utopía que todos quisiéramos restañar, asumir, darle un sentido tras décadas de sinsentido.





La ayuda estatal que se le brinda a los habitantes de Baracoa debiera ser gratuita en su totalidad, las imágenes lo indican: esa gente no tiene nada más que su fe, no a causa del sistema sino porque se trata de eso, de gente, de seres humanos con anhelos. Lo dice la Sagrada Escritura, la esperanza no defrauda. Pero acá se trata de dar lo que de hecho ya le pertenece al trabajador. Cuba (su gente) ha ganado por esfuerzo lo que pocos en el mundo. Ningún pueblo creyó tanto en sus gobernantes como este. Acá la agradecida debiera ser la casta dirigente, pues si subsidiar los daños del ciclón parece caro, más caro ha sido subsidiar una burocracia parásita, ineficiente y oportunista. Si se hace un balance de daños entre el huracán Mattew y los efectos nefastos de la administración centralista, el pobre fenómeno natural queda maltrecho. Por eso restañar de forma gratuita e inmediata (sin que nos ahogue el triunfalismo de la propaganda) no es ningún acto dadivoso, mucho menos heroico, sino el deber sagrado de un poder público que supuestamente emana de los gobernados. La República trata de eso, del latín res (cosa) y pública (relativo a todos).

Ahora se polemiza como siempre y está ahí la polarización política de los tirios y los troyanos, pero no se trata de ser sino sólo cubanos, o más aún, baracoenses. La ciudad no tiene casta de rica, no dispone de los miles de hostales que alguien usa como escudo para aligerarle la carga al Estado. No es culpa de los seres que nacimos en esta isla el haber heredado una administración que nos sobrepasa inútilmente. Si los gobernantes no pueden con la recuperación, devendrá otra muestra de cuánto cambio necesita la patria. Si se le da un solo color al destino de todos, no puede esperarse resignación enfrente de la calamidad, ni brazos cruzados frente a los brazos cruzados del poder. En vano se retratan esos reportajes de apoyo al líder, cuando debieran apoyar al subyugado, banales resultan las palabras de aliento si tienen tan mal aliento. No vale la pena polemizar si se tiene de antemano la razón y enfrente hay un sofista especializado en las piruetas del lenguaje tragicómico. Y es que el pueblo cubano tiene derecho a no vivir más en la miseria, porque de él emanan todos los derechos posibles. Hoy mismo, tenemos a Baracoa en la piel y quisiéramos otra ciudad, otro país, otra República, que los colores inundaran la ciudad y que la rosa mustia regalada al líder no sea otra víctima más del infeliz tiempo. Una rosa nunca es banal.





Una rosa para Baracoa, más allá de la rosa común, deberá ser una entrega total, una patria distinta, un cubano diferente que tenga lo que tiene que tener. Una rosa no es una dádiva, sino que siempre se merecerá. La rosa deviene en patria y viceversa. Si los ciclones asumen el ropaje de las eras o de las horas, si la gente pide porque tiene esperanza, habrá razones para merecer las rosas. Alguien me ha dicho de la deuda pública de Cuba (siempre en voz baja), pero nada justifica la carencia de rosas o de patria, deuda que por demás nadie maneja pues escapó al dominio de la res (cosa) pública y se metamorfoseó en cucaracha voladora. Las rosas no serán jamás cucarachas, aunque esa ilógica se nos intente imponer.

No está a debate si Cuba merece o no, sino si el gobierno nos merece o no. Se ha resistido, se creyó, hubo entrega. Pero van pasando las eras de los huracanes, un despertar se adueña de las mentes y los destinos, una historia otra se teje en la telaraña que nos dejaron de herencia los abuelos. Las rosas comienzan a salir sin espinas, el sacrificio no se acepta así sin más, como si fuésemos a renunciar a la vida. La ayuda será gratuita y diáfana, porque ya no ha sido gratuita, ya se ha pagado. Las eras hablan por sí mismas, los silencios revelan las reverberaciones del huracán.
Pero más que de revelar se trata de rebelar, la grafía distintiva podrá ser superflua si se toma en el sentido más directo y elemental. Cuba necesita de una racionalidad escondida dentro de Cuba, Cuba se busca a sí misma y tendrá que hallarse para que su seno pase de la esencia a la acción y de ahí a la historia. Los huracanes físicos son marcas en la era del largo huracán, no estamos en una era imaginaria, sino iniciando una verdad que esta vez no nos sobrepasa sino que estará sujeta a la res pública. Esa cosa en sí, cognoscible y domeñable, no es otra que nuestra felicidad. Baracoa la merece, Cuba la merece, esta vez habrá rosas.



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