¿Viajará hacia el centro Donald Trump?

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NeoclubPress/Miami Tras la evaporación del iceberg Clinton en las elecciones presidenciales de Estados Unidos, víctima del calentamiento global de Wikileaks, los hackers rusos y los vengadores de Bernie Sanders, se impone la pregunta: ¿Cómo fue que Donald Trump, aun ganando la presidencia, pudo quedar por debajo de la impopular exsecretaria de Estado en lo que a votación nacional se refiere?




Aun cuando desde entonces la población ha crecido considerablemente, hace doce largos años George W. Bush obtuvo dos millones de votos más que el ganador de este 8 de noviembre. También Mitt Romney hace cuatro años lo superó en votos nacionales. Si el magnate quiere repetir en 2020 debe hilar muy fino en su primer periodo, generar riqueza, oportunidades y empleos, incluso viajar hacia el centro. No ganó él, perdió Hillary. Si los demócratas hubieran tenido un candidato medianamente atractivo, si los votantes de Sanders no se hubieran quedado en sus casas, el trumpismo acampara ahora, indignado, frente a Wall Street.

Y viajar hacia el centro es lo que parece haber comenzado a hacer Trump, quien no solo ha elogiado a Obama tras su visita a la Casa Blanca este jueves, sino que, incluso, ahora asegura que tal vez no desmonte completamente el Obamacare. Y es que el problema electoral conservador pasa por que el movimiento antisistema o alt-right que dio la victoria al trumpismo se convierta en una cuña permanente contra la puerta del Partido Republicano, impidiendo que esta se abra a votantes moderados, independientes y libertarios, sin los cuales resultará extremadamente complicado ganar unas elecciones nacionales en el futuro. Gracias a la impopularidad de Hillary y Trump, los libertarios de Johnson han crecido al punto de que ya podrán beneficiarse de millones estatales para la financiación de su campaña dentro de cuatro años. La conjunción de factores que hizo posible la victoria del magnate el pasado martes muy difícilmente vuelva a darse, con los votantes de Sanders vengando a su máximo líder y el FBI brotando de la nada a última hora.

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Para colmo de enredos, hay que entender que esta no va a ser una presidencia tradicional. La ansiedad con que será contemplada por el público, más la naturaleza cinematográfica del propio Trump –espiritualmente más actor de lucha libre que millonario o político–, la convierten desde ya en una especie de serie por entregas cuyos capítulos está obligado a actuar un presidente productor-director-guionista. Pocos van a perdonarle que se relaje. Y Trump no va a perdonar el menor bostezo. Será eléctrico o no será. No habrá que esperar seis meses para saber si su presidencia está abocada al triunfo o al fracaso. Si no resulta drásticamente eficiente y divertido, o por lo menos impredecible, servirán su cabeza en bandeja por los siglos de los siglos. Aquí la paciencia era verde y se la comió un chivo.

El chivo antipolítico del populismo antisistema.



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