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(VIDEO) Niños en Cuba queman Decalaración de Derechos Humanos

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JOSÉ HUGO FERNÁNDEZ/Diario de Cuba

Debe tener unos diez años de edad. Viste de un delicado color rosa. Su carita es tierna como la de todos los niños, pero de improviso se convierte en una escalofriante máscara de odio. Está destrozando ejemplares de la Declaración de los Derechos Humanos, al tiempo que levanta la vista para mirar, roñosa y desafiante, al pequeño grupo de Damas de Blanco y otros opositores pacíficos que se encuentran bajo el asedio de turbas violentas al mando de la policía política.

Al ver estas imágenes de espanto, lo primero que me vino a la mente fue una escena del libro El largo viaje, donde Jorge Semprún describe su traslado, como prisionero de los nazis, al campo de concentración de Buchenwald. Al paso del dantesco tren por los pueblos alemanes, aguardaban en cada estación filas de niños adoctrinados por el nazismo. Y cuenta Semprún haber experimentado la más extraña y a la vez la más desgarradora inquietud al sentir la expresión de repulsa en las miradas de aquellas criaturas, que, sin conocerlos y sin tener la más ligera idea sobre los motivos por los que iban a prisión, cumplían la orden de odiarlos.



Sé que se ha dicho antes, pero tal vez no sea capcioso repetir que la manipulación política que sufren los niños en Cuba no obedece a la simple expresión de un delirio ideológico retrógrado y perverso. Es un recurso delictivo. Y aún más, representa un crimen de lesa humanidad, en tanto implica desfloración de la inocencia infantil y vil atropello de sus derechos como seres indefensos.

Hay que gastarse un optimismo a prueba de cañonazos para no desconfiar en la civilización, luego de ver que instituciones que hoy se consideran de avanzada en el mundo, como la UNICEF, aprueban y aplauden a la dictadura castrista, aun conociendo (ya que no podrán alegar que desconocen) tales desmadres.

Entre perplejos e indignados, hemos sido testigos, a lo largo de años, de las visitas a La Habana de embobecidos directivos de instituciones internacionales de Derechos Humanos, que han ido a entregar premios y apoyo moral y material al sistema de educación del régimen, echando por su boca flores acerca de las escuelas cubanas que, como es bien sabido, no son sino fábricas de minusválidos mentales, fruto de la irracionalidad dictatorial en función de devolver a las personas a su arranque homínido, no solo mediante una manera uniforme de comportarse, sino de pensar y de hacerlo todo como artefactos de serie única. Desde los más menudos gestos hasta la sonrisa. Desde el tono de la voz, con estandarizada y fingida ternura para recitar versitos patrioteros o para cantar en coro de androides, hasta la vociferante dureza para repetir consignas en las que prima el odio al “enemigo” y la idea cruel de matar o morir.

Si bien parece increíble que varias generaciones de cubanos se hayan sometido mansamente a este ensayo de ablación cerebral en masa, no menos insólito resulta que ocurriera ante la impavidez y el asentimiento del mundo civilizado.

No hacen falta más pruebas que la de este testimonio fílmico de Estado de SATS para corroborar el hecho de que mucha gente en Cuba se halla en franco proceso de involución, víctima de las aberraciones de un grupo de facinerosos, que implacable e impunemente actúan sobre la psiquis del individuo, desde su primeros años de vida, causándole estragos tan demoledores que hoy es ya inaplicable en las escuelas la lección de Galileo, para quien, la mejor manera de educar a un ser humano es enseñándolo a descubrir lo que guarda en su interior.

¿Qué podría brotar ahora mismo del interior de esa niña cuyo retorcimiento en ciernes no pueden ocultar su tierno rostro ni el delicado color rosa de sus ropas?

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