Y: la generación degenerada Parte I. Por Ray Luna

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A lo largo de la parte de mi vida vivida en el extranjero, con demasiada frecuencia se acercan a mí muchísimos “perfectos idiotas latinoamericanos” (este término fue acuñado por Carlos Alberto Montaner, Plinio Apuleyo Mendoza y Álvaro Vargas Llosa en un libro muy gracioso y popular), de esos que todavía sienten entusiasmo por una Revolución cubana de que poseen un conocimiento puramente libresco. Y lo hacen con la esperanza de que el sentimiento sea mutuo. 



Esta gente paréceme no tolerar demasiado el desengaño, como ocurre a los niños pequeños. Sus caras estiradas ante mi aclaración siempre inicial: “Por favor, no confunda revolucionado con revolucionario”, a menudo dibuja una socarrona sonrisa en mis labios. Nada me es más odioso que platicar con esta gente. No obstante, debo decirlo, un militante de izquierdas —guevarista y ayuno de filosofía política— es la clase de gente que suele sacarme de quicio. No es sólo la clase de personas que son lo que me irrita, sino tener que frecuentar, forzosamente, los huertos donde prosperan estos yerbajos: las universidades. 

Debo hacer otra prudente y temprana confesión, rara vez he discutido abiertamente con alguno de ellos, pues, como dice la canción “yo no tengo tiempo d’eso”. Aunque cuando se trata de académicos, reconozco el sagaz talento que tengo para escarnecerlos en la crudeza intemperada de mi voz.

Hace algunos años tomaba yo el curso —obligatorio— de un profesor chileno al que veneraban los alumnos de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, mi propia esposa incluida. Si el ídolo se había exiliado desde el propio año 73 o no, no lo sé; lo que sí sé es que se veía bastante anciano. No descubriré su nombre, puesto que no viene al caso. El caso, sin embargo, es que este hombre acostumbraba a dejar de tarea la lectura de textos de crítica literaria marxista que insistía en mezclar con un mazacote de doctrinas anticapitalistas y demás cosas por el estilo. 

Ahora, el personaje no es de esos progresistas que usan calzoncillos Calvin Klein debajo de su pose combatiente. De hecho, ni siquiera creo simpatizase con el castrismo. A simple vista, parecíame nomás un literato empapado de lecturas de los revisionistas. Con todo, ver a alguien hablando de marxismo a estas alturas es como si se me apareciese el diablo en persona. (Sí, en persona, no transfigurado.) A propósito de Jameson, después de leer un texto suyo —demasiado conocido para nombrarse—, le pregunté al señor “vaca sagrada” si acaso no era muy demagógico. 

Por supuesto, él no esperaba algún querellante y la sorpresa lo dejó balbucear unas pocas palabras al principio. Soltó la retórica interrogante: “¿Y no somos todos un poco demagogos?”. Enseguida advertí su intención de reducir absurdamente al absurdo una pregunta simple y directa. Le respondí —con la velocidad de un rayo— que yo no lo era, pero no prestó atención y siguió balbuciendo. Los idólatras del magister dixit, dispénseme, quise decir “mis condiscípulos”, miraron con desprecio (yo diría que hasta racista) al único hombre dentro de aquel auditorio, aparte del Yoda araucano, con uno de esos acentos que atropellan desinencias. El repaso de pies a cabeza sólo podía tener un significado: ¡Cállate y déjalo hablar! A mí, francamente, me importó un bledo, no me sentí en absoluto intimidado. Entré de lleno en la lid, saboteé a ratos su discurso valiéndome también de reducciones al absurdo como enseñan los grandes rétores, sobre todo Schopenhauer.

Si no se puede tener una discusión racional, sino meramente razonable, no se trata ya de las ideas, más bien de ganar a toda costa la disputa y… bueno, en eso de la erística los cubanos somos expertos. No soy amante de la porfía, aunque, contrario a lo que pensaban san Pablo o Erasmo, de vez en vez —creo yo— vale la pena echar margaritas a los cerdos o entrar en una de esas contiendas estériles, como las que entablan las viejas en el mercado; todo con tal de ejercitar nuestras habilidades prácticas en ese antiquísimo arte al que somos tan dados. Valga, además, recordar que los cubanos normalmente interactuamos con ciudadanos de otras naciones en tres contextos muy distintos: (1) en Cuba, donde, por lo general, se les besa el trasero con tal de que nos ayuden a escarpar; (2) fuera de Cuba, principalmente en Europa, Hispanoamérica o en los Estados Unidos —donde, por cierto, nos besan el trasero a nosotros con tal obtener la residencia a través de un matrimonio de conveniencia o, simplemente, se mueren de envidia cause the CAA—. En México—sin remedio—, los cubanos, como casi todos los otros inmigrantes, navegamos con bandera de “pendejos” (imbéciles) con tal de “llevar la fiesta en paz”. No es hipocresía sino pura cortesía. Después de todo, los mexicanos creen que su país les pertenece.

En el primer y segundo contexto nunca se discute acerca de nada, prima la camaradería típica del turismo revolucionario. Principalmente, evitamos las discusiones sobre política, pues, no convienen en absoluto. Los cubanos —por lo general, chovinistas hasta la pared de enfrente— solemos sentirnos (estultamente) superiores a todos los hombres, vengan de donde vengan. Por eso en el segundo contexto el trato cubano con los demás hispanoparlantes es un tanto desdeñoso a veces. Aunque, en este sentido sólo puedo hablar por experiencia ajena, puesto que, la mía está estrictamente circunscrita a un sólo país.

Verá usted, la oclocracia mexicana, esto es, el totalitarismo guadalupano del PRI, tiene su base, su fundamento, en la generación de pobreza material y espiritual. A diferencia del totalitarismo castrista, el apparatus clientelar priista debe fabricar ciudadanos pobres e ignorantes. Esta clase de generación de pobreza es un lujo que L’abana no puede darse, puesto que, buena parte de sus precarios ingresos —hasta el momento— provienen de la exportación de mano de obra calificada-desechable-infinita. Ahora bien, el ciudadano mexicano promedio, comunísimamente mal informado, está casi siempre de acuerdo con las políticas públicas redistributivas del Estado de Bienestar. Por ende, piensa que la alimentación, la salud, la educación, la vivienda, etc., son asuntos de los que “debe” encargarse el estado. L’abana ha llenado por mucho tiempo las cabezas de los mexicanos con propaganda acerca de los altos índices de vida que la instauración del socialismo proporcionó a los cubanos. Incluso hay editoriales —monopólicas— como Santillana que cooperan con esta suerte de Leyenda Negra publicándolo en los libros de texto de primaria.

Es decir, existe una enorme cantidad de mexicanos que siente alguna clase de admiración o, cuando menos, cierta simpatía por la Revolución cubana y, por consiguiente, argumentos tales como: “Si todo es tan bello, entonces, ¿por qué todo el mundo quiere irse de Cuba?” les desagradan tanto como aquel otro que los cubanos les espetan frecuentemente a los inmigrantes mexicanos críticos con el sistema estadounidense: “Si como México no hay dos, qué haces aquí?”. Estas discusiones tan poco edificantes ocultan un problema en extremo complejo, una causa que los contendientes se niegan a observar.

El chauvinismo de algunos cubanos, tiene su razón de ser. El orgullo fatuo de esos cubanos se refuerza a través de la comparación entre los niveles de instrucción y habilidades que los diferencian del resto de los migrantes promedio del mundo, ciertamente inferior al nuestro. No miento si digo que hay mexicanos que piensan que a Cuba se puede llegar por vía terrestre, que forma parte de la masa continental. Es esta asimetría de información lo que ha hecho que las comunidades migrantes cubanas sean un tanto más prósperas (decoro y dignidad) que las de otros países del tercer mundo en el primer mundo. También es cierto que existen cubanos universales. Esto quiere decir, cubanos muy poco cubanos en el sentido castrista del término. Cubanos tolerantes y sencillos. Cubanos capaces de mantener una conversación civilizada, discrepar atenta y cordialmente, sin complejos de ninguna clase. Cubanos de ideas, capaces de defender sus acciones sin entrar en contradicciones de tipo moral, que pueden crear riqueza de la nada, controlar su realidad dentro de Cuba y fuera de ella sin renunciar a sus principios.

En general el cubano es oportunista, pero sólo en general.

No lo recuerdo bien, así que no sé cómo aquella áulica bronca fue a parar en una discusión acerca de la universidad (como institución). No sé si quiso decir que la universidad es una herramienta demagógica pero la verdad es que sí, al menos en todo país que aplique políticas públicas de redistribución de la riqueza.

Informo a los lectores quisquillosos de saber más —si hubiere tales— que la UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO no sólo es pública, sino casi, casi totalmente gratuita. El sistema de educación pública es un desastre, pero dentro de ese desastre la UNAM, el INSTITUTO POLITÉCNICO NACIONAL (IPN) y, hasta cierto punto, todas las demás universidades estatales, vinieron a ser los instrumentos del Estado de Bienestar mexicano que mejor le sirven, no nada más para influir el parecer de los mexicanos, sino como emblema de lo que esa política pública educativa-redistributiva ha logrado con, digamos, cierto éxito.

En realidad, la UNAM es un mausoleo, uno de los símbolos magníficos del Estado de Bienestar mexicano. Hay que decirlo, más que un logro, la UNAM es un crimen perpetrado contra el país; un moustruo irisado a costa de la expropiación del producto del trabajo de millones de mexicanos pobres, clasemedieros y ricos que nunca pusieron un pie allí, ni la harán jamás. Expropiación que lleva a cabo el estado a través de impuestos directos e indirectos. Millones de mexicanos han muerto, como esclavos, construyendo, quiero decir, contribuyendo a este faraónico monumento, adornado desde el principio con los símbolos de una civilización antigua cuya ideología imperialista impulsó la construcción de maravillosas pirámides. (Nota usted el paralelismo.) Y aun mueren en la pobreza o en la violencia de la pobreza cada año sin siquiera alcanzar un nivel escolar secundario, tributando de alguna forma al estado. El estado mexicano es grande a tal grado, que muchas veces se asemeja en extremo al cubano. Por ejemplo, tampoco en México existe la propiedad privada absoluta. Pues se gravan, como en otros países que aplican políticas públicas redistributivas, impuestos prediales (catastrales) sobre todo tipo de posesión inmobiliaria y hasta sobre la tenencia o uso vehicular. De modo que nunca se termina de pagar la casa, ni el auto. Y lo que nunca se acaba de pagar, nunca acabará por ser verdaderamente propio.

La UNAM (ente público secuestrado por dos sindicatos “charros”, o sea, corruptos) como uno más de los supuestos logros del Estado de Bienestar mexicano (ISSTE, IMSS, INE, EMP, PEMEX, CFE y toda la retahíla de monumentos al saqueo de la nación que son las entidades públicas, pues, no producen sino malgasto) contribuye cada día a la destrucción de la clase media mexicana, la única que, con certeza puede decirse, paga impuestos directos. Cada año el presupuesto federal destinado a la UNAM es más y más grande. Ello resulta contradictorio porque de allí se gradúan ciudadanos, en principio, económicamente inactivos, y en términos reales, futuros desempleados o becarios del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT), otro de los entes públicos que, con el pretexto de las externalidades, malgasta el dinero de los mexicanos. En medio de una economía por períodos en franca recesión o nulo crecimiento, cada año el Estado de Bienestar financia a un montón de sindicalistas mafiosos, burócratas, académicos y académicos-burócratas que viven como reyes a costa del resto de la nación. Es verdad que conocí en la Facultad de Filosofía y Letras, por ejemplo, a varios de los más grandes hispanistas que en mi opinión hay en la actualidad, pero lo cierto es que los profesores brillantes y verdaderamente productivos escasean allí. No puede decirse que en el área de las ciencias las investigaciones académicas de la UNAM sean “refritos” ni escasas, como suele pasar en el área de las humanidades. Sé que me llevarán al patíbulo por decirlo, pero es cierto: yo sufrí en carne propia las tribulaciones de quien intenta navegar entre la laberíntica, indescifrable y tétrica burocracia académico-administrativa, los sistemas de admisión, las ofensas y los caprichos de maestruchos mongólicos, etc. Si existe un caso donde aprovechen a la perfección refranes como Dios le da barba a quien no tiene quijada o Dios le da pan al que no tiene dientes es a las instituciones públicas mexicanas, que sólo sirven para otorgarles excesivo poder a unos cuantos mentecatos. En esencia, los trabajadores del estado son, sino en acto, pequeños dictadores en potencia.

Es evidente que México está sufriendo las consecuencias de haber dejado crecer tanto al Estado, al punto, diríase, de la asfixia, pues, no hay espacio de la vida productiva en donde Él no intervenga. Un estado tan grande sólo podía derivar en la dictadura. La UNAM es una extremidad más de este gigantesco “ogro filantrópico” que es el Estado de Bienestar mexicano. Por supuesto, hay muchísimas personas buenas y buenos maestros en la UNAM, pero de buenas gentes y buenas intenciones está lleno el camino al infierno. No muerdo la mano que me da de comer. Entiéndase que yo no fabriqué el sistema, cuando llegué ya estaba hecho. Y es, justamente, en el Estado de Bienestar o economía mixta donde no hay verdaderas oportunidades sino verdaderos oportunistas. Como yo, claro está. Ello, de otra parte, no me impide observar y criticar lo que está indudablemente mal. No tengo nada que agradecerle a la UNAM, mi agradecimiento en cualquier caso es para esos millones de contribuyentes mexicanos que me pagaron, sin la intención de hacerlo, una educación superior de mejor calidad que la que pude haber recibido en Cuba. Parece una incongruencia que siendo México un país con niveles tan bajos en educación primaria y secundaria, tenga, por otro lado, las mejores universidades de ese arielista e inexistente concepto geográfico-social que dan en llamar América Latina.

Long story short, le respondí al chileno que las universidades eran mucho más antiguas que el molino adonde él quería llevar el agua: “¿Ha oído hablar usted del Renacimiento del siglo XII? Bien, pues cuando se fundaron las primeras universidades en Europa, modelo de las nuestras, no existía el Estado de Bienestar, ni siquiera el capitalismo del que hablaba Marx”, le espeté. Con gran serenidad me puse de pie y salí por un café.

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Venía este recuerdo a mi mente cuando el otro día meditaba acerca de mi generación. ¿Pertenezco acaso a alguna generación? Sí, por supuesto que sí. Pero ¿por qué somos tan odiados? La generación de la [i] griega, ¡ésa es mi generación!, me he venido diciendo desde entonces. Luego me puse a pensar en cuál o cuáles serían los rasgos que definen a mi generación, porque no podemos ser una generación definida por una tendencia nominal, una moda de mediados de los 70. Semejante simplificación no es admisible. La característica principal que nos distingue, se me ocurre, es la de ser unos degenerados.

Degeneración significa, en principio, o sea, metafísicamente hablando, corrupción. La enfermedad es un tipo de degeneración de los animales, como también lo es el envejecimiento. En este sentido todas las generaciones se generan de la propia corrupción de la generación o generaciones anteriores. Toda generación tiene algo de aquello de lo cual se está generando y que se ha corrompido antes. Es muy común que a los devotos del Mito Revolucionario les cueste trabajo creer que nosotros, la Generación de la ye, seamos el producto de esa épica, que no deseamos ser parte de esa alma colectiva que llaman Revolución. La Generación Y no es como sus abuelos, pero tampoco como sus padres; somos sus herederos, nacimos algún tiempo después de lo que fue un suceso traumático para ellos. Ni ganamos la guerra, ni la perdimos. Por eso…

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